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	<title>¿Quién limpia la sangre?</title>
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		<title>Un Hombre Serio</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Feb 2010 22:32:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cercablanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>

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		<description><![CDATA[Escrito por Ovidio De León Las imposiciones. Se nos impone una estructura de moralidad religiosa. Se nos dice que somos hombres serios cuando cumplimos con esta moralidad religiosa. Nos creemos esta gran mentira al principio, nos vamos guiando por una &#8230; <a href="http://cercablanca.wordpress.com/2010/02/12/un-hombre-serio/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=29&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:left;"><a style="text-decoration:none;" href="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/a-serious-man-coen-brothe-0011.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-30" title="a-serious-man-coen-brothe-001" src="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/a-serious-man-coen-brothe-0011.jpg?w=300&#038;h=180" alt="" width="300" height="180" /></a></p>
<p style="text-align:center;">Escrito por Ovidio De León</p>
<p style="text-align:center;">
<p style="text-align:center;">
<p>Las imposiciones. Se nos impone una estructura de moralidad religiosa. Se nos dice que somos hombres serios cuando cumplimos con esta moralidad religiosa. Nos creemos esta gran mentira al principio, nos vamos guiando por una serie de actos que creemos nos encaminan hacia la salvación y hacia el entendimiento, cuando la verdad es que así, realmente, no podemos llegar a comprendernos. Se nos vende un concepto, una ideología o la sabiduría del viejo, quien, consciente de cómo es visto y venerado, se dice ocupado porque “está pensando” cuando en realidad podría estar escuchando un grupo de rock en los auriculares de un adolescente pacheco.</p>
<p>Los hermanos Cohen han concebido lo que, considero, es la historia cúspide de cómo todas nuestras relaciones y actos son producto de un “deber ser” que, eventualmente, nos conduce a una realización de que la estructura religiosa es una farsa, de que ni siquiera los viejos toman en serio las reglas, de que la edad madura y el tiempo nos vuelven escépticos, y de cómo la vida va moldeando en nosotros la realidad de cómo son y suceden las cosas: no existe una respuesta al por qué de todo. Los símbolos- aquí confundidos en la metáfora de una dentadura que provoca en el dentista una crisis existencial creyendo que son señales del salvador- son para interpretarse y en sí no conllevan un mensaje oculto que explique la causa de los eventos que nos pasan. Las cosas pasan, simplemente. La vida puede descomponerse en cualquier momento.</p>
<p>El pecado más grande de Lawrence es justificarse y compadecerse de sí mismo bajo la excusa de “no hice nada”, cuando realmente el problema de todo es ese. No ha hecho nada. Se ha conducido por la vida sedado, creyendo que sus problemas serían solucionados por fuerzas mayores, no haciendo nada. Cuando comienza a despertar de este estado de sedación, se compara con un viejo, con los otros viejos del filme, con esos viejos que ya han abierto los ojos a la farsa que ha conducido la religión hasta este punto, cuando ya no pueden tomarse en serio. Pero sería una aberración dejar a un lado todo lo que ha constituido su vida. Mejor seguir igual, rebelándote en pequeños actos, consciente de todo pero mintiendo para ser considerado, todavía, un hombre serio. Lawrence se rige bajo las leyes canónicas de los judíos ortodoxos. Cumple y acepta las condiciones que le son impuestas como un hombre dedicado, respetado, aceptando su destino, viendo la situación desde una perspectiva que le han inculcado -desde joven- que debe tomar. Lawrence se está dando cuenta que no hay soluciones, que la respuesta no está en encomendarse al sagrado, en hacer el Bar Mitzvah, en ser un padre considerado y en las fórmulas matemáticas. De alguna manera, Lawrence es un hombre amputado, un hombre que deambula entre la ideología propia que no acepta- la voluntad, la libertad, el deseo- y la ajena.</p>
<p>Repara las antenas de la casa de la que ya no es parte porque es necesitado. Arregla el funeral del novio de su esposa porque es necesitado. Lawrence no puede decidir sobre si mismo, y esto crea en él un conflicto existencial en el que su único remedio es acudir al canon. El tono irónico de la película, que maneja un humor negro maravilloso, nos obliga a burlarnos de sus personajes, a compadecernos, a comprender el por qué de todas sus acciones, el por qué sus añoranzas se limitan a querer  convertirse en catedrático o a encontrar en la mariguana un alivio o refugio.</p>
<p>Laurence es consciente de la inmovilidad de su voluntad, al grado en que sus anhelos más profundos se ven expresados en sueños que, al sentirse culpable por ello, los sufre como pesadillas. Al final, los Cohen nos invitan a contemplar el destino inminente del padre y del hijo, de cómo la explicación de su destino no tiene referencia directa a sus acciones. Los personajes que sollozan lo hacen porque se sienten humillados y desorientados, porque simplemente les es imposible enfrentar su realidad, su manera de ser, a confesarse ante los mismos miembros de su familia. ¿Por qué tanta cobardía? ¿Se podría incluso tratar de definir como un miedo del peor tipo, del tipo de miedo que radica no en lo que se podría tener como consecuencia sino en lo que siempre se ha implicado? ¿El miedo podría tratarse entonces de una manifestación interna que niega el darse cuenta de que toda su esencia o realidad, es la conciencia colectiva de quienes quieren hacer creer a otros que vale la pena seguir el camino de la tradición? Por algo los viejos son tan sedados, sabios y serios.</p>
<div><span style="font-family:Helvetica, 'Times New Roman', 'Bitstream Charter', Times, fantasy;font-size:small;"><br />
</span></div>
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		<title>Woyzeck</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Feb 2010 21:32:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cercablanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Teatro]]></category>

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		<description><![CDATA[de Georg Buchner Puesta en escena por Antonio Algarra Reseña Escrita por Ovidio De León Peláez Humillado, engañado, parte de un sistema que margina a los pobres y conejillo de Indias de un par de hombres que pretenden sacar de &#8230; <a href="http://cercablanca.wordpress.com/2010/02/12/woyzeck/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=25&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/woyzeck.jpg"><img class="size-medium wp-image-26 aligncenter" title="woyzeck" src="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/woyzeck.jpg?w=270&#038;h=300" alt="" width="270" height="300" /></a></p>
<p style="text-align:center;">de Georg Buchner</p>
<p style="text-align:center;">Puesta en escena por Antonio Algarra</p>
<p style="text-align:center;">Reseña Escrita por Ovidio De León Peláez</p>
<p>Humillado, engañado, parte de un sistema que margina a los pobres y conejillo de Indias de un par de hombres que pretenden sacar de él algún tipo de conocimiento, Woyzeck se empeña por descubrir la verdadera esencia de su realidad. Las figuras de autoridad, reflejadas claramente en los personajes del doctor y el capitán, están conscientes de tener el poder sobre Woyzeck, quien, a fin de cumplir un deber que le pueda llevar pan a la mesa, los complace para lograr así la supervivencia, mientras ellos lo utilizan para poder desahogar sus inquietudes morales, científicas y filosóficas. Se critica al sistema, se burla de la burguesía y del papel que desempeñan las clases sociales altas. Se representa la situación social de quienes viven en las sombras de la pobreza como personas que se quejan constantemente de su condición sin realmente hacer algo para cambiarla. El tono de la obra es bastante lúgubre, en cuya austeridad se representa la devastación que azota al personaje principal.</p>
<p>La obra te invita a participar en ella, y a que formes parte de un grupo de espectadores que a parte de observar son observados en diversas ocasiones por los mismos personajes. Los espejos en los cuales nos reflejan, son la metáfora perfecta de cómo los personajes y nosotros nos vemos, viendo las faltas superficiales, juzgando y criticando la apariencia de quien siempre ha tenido el “poder”. El raciocinio del hombre, la aparente cualidad que nos diferencia del animal, es cuestionado en varias ocasiones, convirtiendo a los personajes en animales, o al menos, así quieren ver a los otros los hombres de poder, rebajando a Woyzeck al nivel de los animales. ¿Por qué? Porque pueden y porque tienen el poder de la orden.</p>
<p>La obra está estructurada en un acto inicial que introduce las posturas de los personajes para, en el desarrollo, hacernos cuestionar nuestras propias posturas, y para que después sus personajes se juzguen unos a otros. María es considerada puta, Woyzeck  es inmoral, los ebrios maldicen al sistema creyendo que este los maldice, el capitán, el amante de María y el médico se dedican a apuntar el dedo al otro, a ultrajar, a desmoralizar, a mofarse de quien no se defiende.</p>
<p>El salvajismo de los personajes se reduce a una serie de actos instintivos donde, eventualmente, la moral termina siendo una invención de las clases altas. A Woyzeck, el aparente animal ante los ojos de la autoridad acomodada, se le considera inmoral por no tener los recursos de la clase media o rica. La “animalidad” de María la conduce a su muerte, y la “animalidad” de Woyzeck lo conduce a la suya, a una muerte de ideales, a la muerte interna de saberte culpable por la muerte de quien amas. El momento de mayor profundidad trágica se revela en la escena final, y resulta bastante devastador ver cómo el tormento, los celos y el contexto sumergen a Woyzeck en un abismo donde la salida más fácil conduce a la muerte.</p>
<p>A la mitad de la obra, tuve el ligero presentimiento de que todo podría ser producto de la imaginación de Woyzeck, el tormento de un hombre que ya no puede diferenciar el recuerdo de la vida presente, la realidad de la ficción, y el miedo de la angustia o del hambre. Al final, llegué a la conclusión de que Woyzeck bien podría estar muerto, y que vive en una especie de limbo perenne donde se repite la historia de cómo murió, de cómo jugó con la posibilidad de ser feliz, de cómo el miedo devoró su raciocinio, de cómo los insultos, los retos, las representaciones y las comparaciones con las bestias -el desnudo de Woyzeck en la obra es más emocional que físico, el temor se ve reflejado en la manera en que tiembla, en la mirada perdida que indica que es ciego porque realmente no quiere ver la realidad de la condición humana-, lo hicieron sentirse y creerse animal. Los otros personajes representan la propia consciencia en la memoria de un fantasma que no puede huir del purgatorio que escogió en su delirio.</p>
<p>La puesta en escena de “Woyzeck” nos convierte en testigos, en verdugos y en espectadores de la muerte metafórica de quien somete a la muerte por haber sido condenado a la muerte de su humanidad. Todos le hemos hecho creer que es culpable de su propia situación de pobreza, lo hemos impulsado a expiar y martirizar nuestras culpas. Nosotros lo hicimos animal.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/cercablanca.wordpress.com/25/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/cercablanca.wordpress.com/25/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=25&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
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		<title>Paris, Texas</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Feb 2010 21:14:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cercablanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Escrito por Ovidio De León En “Paris, Texas”, de Wim Wenders, es claro como todos los personajes existen en los demás y dentro de sí mismos, de manera que, a primera instancia, no sabemos la significación que tienen sobre el &#8230; <a href="http://cercablanca.wordpress.com/2010/02/12/paris-texas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=23&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:left;"><img class="size-medium wp-image-22 aligncenter" title="Paris, Texas. " src="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/paris2.jpg?w=300&#038;h=169" alt="Conversaciones a distancia" width="300" height="169" /><a href="http://cercablanca.files.wordpress.com/2010/02/paris2.jpg"></a></p>
<p style="text-align:center;">Escrito por Ovidio De León</p>
<p>En “Paris, Texas”, de Wim Wenders, es claro como todos los personajes existen en los demás y dentro de sí mismos, de manera que, a primera instancia, no sabemos la significación que tienen sobre el otro ni la profundidad de sus sentimientos. Cuando existen dentro de si mismos, solamente vemos sus intentos por recobrarse de la soledad, de la felicidad que el tiempo fue borrando, de cómo nuestra memoria, por voluntad, fue desvaneciendo todo aquello que, por dolor, nos fuimos empeñando en borrar. Esta es una gran película, una obra maestra de ejecución, de guión, de actuaciones y cinematografía. La banda sonora nos evoca una sensación de Western melancólico, tintado por la incertidumbre de los corazones rotos, donde la tristeza se convierte en esperanza, y donde la vida nos entrega la sorpresa de aquello que la vuelve impedecible.</p>
<p>Travis (Harry Dean Stanton) se ha perdido en el tiempo, en la memoria y en el desierto, en la aridez de los mismos días que pasan sin traerle nada nuevo a su hijo abandonado, Hunter, más que la honestidad y el cariño familiar de sus tíos, quienes lo han criado como a un hijo. Travis perdió los estribos, la razón y el sentido común. Está perdido.</p>
<p>El alcohol, los celos, el huir inventando excusas por no poder soportar el dolor de una mujer a la que nunca pudo comprender- eran ligeros traumas post-parto, una ausencia de celos que se transmitió más como indiferencia y no como un honesto manifiesto de soledad-, lo han ido marcando hasta volverlo mudo, un hombre que prefiere permanecer callado para no tener que formar parte de este mundo que abandonó. Por ende, vaga por su vida como un vagabundo solitario que, poco a poco, comienza a reincorporarse a la vida de Hunter. El daño inicial que causó sobre el niño es evidente. El rol de padres del hermano y cuñada de Travis poco a poco empieza a desvanecerse. Ellos se dan cuenta de esto. Incluso Travis, de manera sutil, sin hablar más que lo suficiente, comienza a exigir aquello que es suyo, en actos que demuestran afecto, interés, deseos de volver a aprehender lo que su ausencia dejo ir. No quiere cobrar memoria de quien llegó a ser y no quiere tampoco darse cuenta del daño que hizo, así que voluntariamente se seda, hasta que la misma añoranza recobra sus sentidos de pertenencia.</p>
<p>Hunter, Travis, y los tíos adoptivos, al ver un video que retrata hermosamente sus días felices junto con Jane, la esposa de Travis, caen en la cuenta de que es inevitable dar la espalda a la realidad -misma idea que luego se representa en forma literal-, y la vida que se abandonó recobra fuerza de una manera que es difícil anticipar. Hunter -en el tipo de pensamiento lógico para un niño de ocho años- se percata de que tiene “dos padres”, hace consciencia de quien es su verdadero padre cuando escucha la conversación de los adoptivos, y comienza a tratar de ganarse de vuelta al padre que lo abandonó. ¿Qué puede hacer un niño en esta situación, consciente del abandono de ambos padres, inconsciente de sus razones, destinos y justificaciones, para asirse de aquello que se dejó ir? Lo que hace Hunter es invitar a su padre entrar.</p>
<p>En un principio establece una distancia- como lo vemos en la escena en la que sale de la escuela y ambos caminan por un lado de la banqueta, imitando los pasos del otro- para provocar un acercamiento que, por más cerca que llegue, eventualmente establece una distancia inevitable. Poco a poco comienzan las conversaciones y las preguntas. Una de las mejores líneas entre padre e hijo involucra al pequeño preguntando a su padre, “¿se puede sentir la muerte de alguien?” Esta pregunta resume la sensación melancólica y nostálgica constante de un film que nos presenta una situación en la que los personajes viven, sienten, piensan y respiran la muerte de la felicidad y la muerte de si mismos, y su manera de actuar, pensar y sentir por el resto de la película está directamente hilada a la posibilidad de volver a recuperar la vida de la felicidad gravada en video y paulatinamente remembrada.</p>
<p>Cuando Travis y Hunter se reconocen de nuevo como padre e hijo, cuando se deja a un lado el rol de quienes han escogido el rol de padre y de madre, emprenden un viaje para recuperar a Jane, la madre, y poder vivir juntos en una parcela que Travis ha comprado en el pequeño poblado de Paris, Texas, lugar donde Travis supone fue concebido, lugar donde, tiempo después, el mismo Travis concibió la idea de volver a reunir a su familia.</p>
<p>Las escenas entre Travis y Jane, a quien encuentra trabajando en una casa de damas que se muestran en ventanillas privadas para satisfacer los deseos de sus clientes masculinos, se ven cargadas de una fuerza que se presenta sutilmente, donde los gestos y los silencios tienen la misma fuerza de los diálogos, donde ambos personajes expresan el por qué de su abandono, el por qué nunca pudieron verse y el por qué el miedo y el tiempo los consumió. Travis solía retarla para que lo viera, sin verla a ella, y Jane tenía deseos constantes de irse y se ha ido entrenando para olvidar el rostro de su hijo y no sufrir, y escucha en todos los hombres que la miran desnudarse la voz de su marido para calmar el dolor de saberse producto de una fantasía lasciva.</p>
<p>Separados por un vidrio, sometidos a la iluminación externa que los mantiene separados, escuchándose por un teléfono, ajenos al contacto, Travis y Jane no se pueden tocar. Ambos se abandonaron y abandonaron al otro. Ambos fueron abandonados. Ambos quieren recuperar aquello que, en algún punto, lo fue todo y por el hecho de ser ese todo, los llenó de angustia y temor. Ese algo es Hunter, el producto de quien se sabe olvidado por causas que todavía no podría comprender, las mismas causas de sus padres que ni siquiera ellos mismos comprenden.</p>
<p>El mayor manifiesto de amor de la película es cuando Travis entrega a su hijo a Jane, mirando desde lejos un reencuentro que toma lugar en un hotel. Quizás, aparte de amarlos a los dos, también fue cobardía. Quizás es porque se dio cuenta que el daño no podía repararse, y esa fue su manera de demostrar cuánto quiere la felicidad de los que ama. Ahora Travis vagará el mundo con distintos ojos, consciente de que ha escrito en la vida de su esposa y su hijo un final feliz del que ya no puede formar parte. Consciente de que ahora, mínimo, su andar tendrá voz y memoria.</p>
<p style="text-align:left;">
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		<title>Concepto de Migajas</title>
		<link>http://cercablanca.wordpress.com/2008/12/01/concepto-de-migajas/</link>
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		<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 06:31:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cercablanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ovidio de León Peláez. Ahora respiro de incomodidad y me despierto de un sueño pasivo, ordinario, me levanto para cepillarme los dientes amarillentos y al hacerlo noto como mi reflejo maldice mi dentadura insignificante, mi aliento se atormenta a si &#8230; <a href="http://cercablanca.wordpress.com/2008/12/01/concepto-de-migajas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=13&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:right;margin:0 0 10pt;">Ovidio de León Peláez.</p>
<p style="text-align:center;"><img class="size-full wp-image-20  aligncenter" src="http://cercablanca.files.wordpress.com/2008/12/concepto-de-migajas1.jpg?w=290&#038;h=314" alt="" width="290" height="314" /></p>
<p style="text-align:justify;margin:0 0 10pt;">Ahora respiro de incomodidad y me despierto de un sueño pasivo, ordinario, me levanto para cepillarme los dientes amarillentos y al hacerlo noto como mi reflejo maldice mi dentadura insignificante, mi aliento se atormenta a si mismo, mis piernas se aceleran y me piden que me apure, que ya es tarde, otro día más para escribir algo en las arenas de frenesí público en donde reside mi oficina de trabajo, que por elección personal ha conformado la esencia de mis sueños juveniles, que puedo prescindir sin un sueldo, que mi imaginación y mi entereza tienen voz propia y deciden por mi, que un par de cigarrillos, tres cafés oscuros y una mente lúcida bastarán para tipear mi obra maestra.</p>
<p>Soy una persona que se ocupa en un café reconocido, redactando la ficción de sus torpezas y genialidades, un simple hacedor bohemio que reúne los argumentos viables con artimañas surreales y de aquí se hiere y se crítica, con aires objetivos que, al encorvar un poco la espalda y cimentar sus dedos pulgar e índice a la barbilla, mueve la cabeza asintiendo de vez en cuando, alzando las cejas cada que otro minuto. Soy objetivo, se repite este personaje ejemplar, soy objetivo.</p>
<p>Llego temprano. Para eso el lugar está casi vacío. Solos Teresa—que es joven y virtuosamente fea— y yo, como siempre, alrededor de las diez y media. Me atiende de inmediato. Aunque sabe lo que voy a pedir, me recibe de la misma forma de siempre, con esa cortesía obligada que desde un principio la imanta a mi presencia tristemente avergonzada, como si de nuevo me hubiese topado con otra mañana sin nada mejor que hacer que sentarme en un café, dando la casualidad que de nuevo cuento con mi cuaderno de notas, con una pluma y con mi computador inalámbrico a la mano.</p>
<p>Su cara es escuálida, triste, patética, el complejo de sus barros es el aliciente perfecto para estimular el apetito. Hago una mueca y le señalo en el menú lo que deseo ordenar. Teresa ya lo sabe. Es café, negro, mismo que resplandece en la carátula de la carta. Sin azúcar. Teresa tiene la elección de sonreírme pero esta vez opta por proseguir sin ello, ya que es demasiado probable que haya notado cierta ironía en mis gestos repelentes, como si le hiriera la intención de mis amarguras. No podría importarme menos.</p>
<p>En lo que se marcha por el café, descubro en el periódico un gozo forzosamente ajeno a lo usual. He evitado los diarios toda mi vida aunque los leo, hojeando tristemente de encabezado a encabezado, poniendo mi dedo en conceptos que no puedo descifrar. Algunas veces divaga mi impaciencia entre los versos manufacturados de los cronistas locales, porque la producción masiva de sus palabras se pierde entre mis inquietudes y vergüenzas, entre los segundos de descanso y los que faltan por venir.</p>
<p>Si este artículo revelara imágenes un poco menos gráficas, su intención se vería enaltecida por un silencioso periodismo raramente maduro que me apresaría, haciendo de mi mañana una serie de instantes imborrables que perdurarían en mi mente através de las horas siguientes, calificando el gesto de Arturo López Cuadra—reconocido periodista local— como un notable esfuerzo por que penda de mis labios esa sonrisita orgullosa que eriza mi cuero las veces que repaso la intención detrás de ese par de fotografías sobrias y discretas, la represión roja en su esplendor edificante que yo presencié.</p>
<p>En eso llega ella.</p>
<p>Sus dedos alargados contradicen su figura curveada, detonada por las imposibilidades de su raza, laureada por los inconvencionales que suelen admirar ese tipo de cosas, la figura real, el cuerpo verdaderamente humano, todo aquello que justifique su excepcionalidad como periodistas y expertos de la industria, que los hace únicos y trágicos. La gente no quiere ver los cuerpos hambrientos. En ocasiones prefieren algo verosímil. Ellos no son superficiales, y nadie espera que lo sean. Alguno que otro lector afortunado recibe en la próxima reseña, un cercado de imágenes ejemplares que redacten una nueva sorpresa: las actrices ahora son mujeres con figuras ensanchadas pero no del todo grandes, son mujeres como tú, como tu madre, como tu hermana y como tus amigas, son mujeres que desmiembran los estereotipos generales, son mujeres hermosas también, porque de nada sirve que sean flacas y tontas, ahora los papeles son de mujeres reales, serias, audaces, astutas, chingonas, eficaces, completamente y absolutamente brillantes.</p>
<p>Pero ella es única. Se sienta dos meses a mi derecha en perfecta soledad, satisfecha con la discreción del lugar. Trae un libro. Lo coloca sobre su mesilla redonda, sienta sus manos sobre el grosor de su pasta. Me gustaría poder acercarme, pero suelo estremecerme con la cercanía y la proximidad de las auras glorificadas, en especial tratándose de ella. Jamás pensé que estaría tan cerca de mí, se me figuraba una mujer etérea, un ente metafísico, un holograma que por azares del destino se ha cruzado en el camino de una persona completamente ordinaria—como en alguno de los guiones que se escriben sobre su estatura actoral, mismos que he tratado de imitar— que se ha sentado a tomar un café consigo mismo en este punto crucial del centro de la ciudad, viendo a las palomas merodear en círculos desparramados a fuera del cristal que ahora encierra a tres personas, agazapados al concepto de migajas.</p>
<p>Solía verla en los grandes afiches, o en alguna entrega de premios, espléndida de verde pálido, de blanco, de guinda, su dentadura ejemplar pero rubia, su cabello dorado también, su modestia intimidante y hasta cierto punto reprimida. ¡Dios mío, qué belleza! Ella es especial. Ella baila bajo la luna nueva mientras tantos auteurs la dirigen con promesas de estatuillas doradas, y redacta los parlamentos más maravillosos, sus pasos siempre adelante del mundo, marcando un compás distinguido por su connotación imprescindible de que en verdad es una como las hay pocas. Cuando sonríe tiene gestos que superan lo ordinario, forzando a mi cabeza a hacer redadas con la idealización de una persona por fin dispareja, burdamente profunda, increíble y preciosa.</p>
<p>Pide un té de manzanilla. Lo hace con una voz que aplaca el frenesí interno que definirá mi condición mental en unos días, para solo perforarlo en una máxima sensación de bonanza astral. Hago un esfuerzo mayor por escuchar la manera en la que se dirige a Teresa, quien de seguro se ha olvidado que estoy aquí y que he pedido un café. Sospecho que seré segundo en recibir mi pedido. Por ahora no me importa. Ésta diosa del proyector ha descompuesto la tranquilidad rutinaria de dos personas que, sentadas con tanta cercanía una de la otra, son unidas por la sorpresa y el destino, perturbando la nitidez de los pensamientos de uno de ellos como un ruido impávido, chillón.</p>
<p>Teresa se marcha campante a preparar su té de manzanilla. Como lo había sospechado, mi triste taza de café oscuro, renegada a medias, se mantiene tras el mostrador, desamparada, pendiente. La actriz se queda sola finalmente, repasa con sus dedos las páginas del libro hasta llegar a donde marca la fotografía que le es útil como separador, tramo que ahora estudia con deleite eufórico pero dudoso. De la nada, la actriz despliega su mirada en ascenso hasta observarme y rápido volteo los ojos hasta detenerme sobre la mesera, cuyo nombre acabo de olvidar.</p>
<p>Me toma diez segundos contados para transferir mis ojos de nuevo hasta mis manos trenzadas y sudorosas—tramo que presencio con recelo y que es terriblemente largo—, y otros cinco para regresar a catear a la actriz, que, para mi sorpresa infantil, ha congelado su mirada sobre mí, mientras su boca perfila una sonrisa que, por más irónica, me resulta encantadora e invitante. Sonrío como de costumbre, sumiso, atractivo, uno podría apostar la vida que le resulto igual de encantador; nuestros dientes rubios comparten la dependencia de cómplices fugados y embelesados por sus ataduras y risitas aficionadas. Es innegable que compartimos un vínculo superior a los personajes que ha encarnado la actriz en más de una ocasión, donde los protagónicos se abrazan a su suerte en una serie de besos que, impetuosos y carnales, rompen todos los esquemas del orden que han establecido en roles anteriores los artistas que vislumbran la pantalla de plata, erutados del séptimo arte pero nacidos en las telenovelas, pasmados y a punto de envolverse en el acto sexual.</p>
<p>La actriz, obviando su interés en mí, saluda con la mano, que ondea sobre el aire por segundos para detenerse sobre las páginas del libro, ahora desnudo. Mi encuadre perfecto es destrozado en el momento en el que la mesera reaparece, piloteando la turbulenta taza de té hasta aterrizarla sobre la mesa de la actriz, que sonríe sin alejar su mirada de mí. La mesera voltea a verme, curiosa de notar algo extraño en mí qué haya captado la atención de la actriz de esa mesera, estudiando mi rostro, mi torso y lo que se pueda ver de mis muslos figurados bajo la mezclilla.</p>
<p>Puedo ver como la actriz se sonroja, como asciende despacio de su silla para moverse en torno a mí, refinada, fascinante en la composición de su sexualidad afable, ladeando sus caderas para llegar a su destino único en menos de lo que ambos predecimos, inclinándose para reposar sus labios cansados sobre mi boca pasiva, lamiéndolos de entrada, mordiéndolos en el acto subsiguiente, penetrando mi entereza con su lengua curiosa para siempre.</p>
<p>Dejo que mis manos ansiosas se mueran en su pelo, que mis piernas se acerquen al ardor de las suyas descubiertas, llevan tiempo sin ser depiladas pero mis vaqueros no lo sienten , de nuevo mis manos ansiosas se tornan completamente inútiles pero instintivas, sintiéndose eficaces y abruptas, secuaces de las suyas que por el momento reverberan mi estómago esculpido por las multivitaminas y los pesos pesados del ayer y del mañana, el fuerte gravamen de mi masculinidad poco a poco se torna macizo, trabado entre mis ropas interiores y mis pantalones, buscando desesperado la salida de este claustro sofocante.</p>
<p>Como leyendo mis pensamientos, la actriz me rompe las prendas, o mejor aún, las despoja de mí—que cautelosas pueden ser a veces— como si nada más importara que el tumulto de nuestras hormonas. Nos olvidamos por completo de la mesera, hasta que escucho pequeños gemidos que denotan una incomodidad muy fuera de lugar, ¿qué no puede ver lo que está sucediendo? ¿No puede dejar de quejarse y por una maldita vez disfrutar lo que se ve? Debo suponer que frente a ella, la compleja purificación de dos cuerpos unificados figura un usufructo corporal que debe ser intimidante y hasta blasfemo, Dios me perdone. La nostalgia que debe sentir la infortunada, el recelo que ha de causar en esta pobre mesera, la contemplación de una puesta en escena que terriblemente asemeja la realidad de algo que en ella nunca fue, jamás despertado el volcán de los primores que en sueños sacudieron su irremediable mortandad. En cambio, nosotros somos dioses, dos actores del nuevo mundo, del teatro sin reglas, de la casualidad sin pudores, de las riquezas que han trabado las palabras que jamás han de salir y que nunca deberían de plantearse en nuestras mentes, no son necesarias, como dos perfectos idiotas que han purgado todas sus faltas para volverlas a sufrir en el minuto en el que pisan el cielo y explotan en el embelesamiento corporal, fatalmente incursionando las asperezas de lo irrevocablemente cierto.</p>
<p>Al escuchar que el mundo nos aplaude, avergonzados como un pobre autor y su triste musa, títeres de una industria que nos ha desnudado como estereotipos que encasillan nuestras posibilidades afectivas, permanecemos aquí por un rato, nuestros cuerpos dilatados uno solo, torpes en la mesa que el ayer y el futuro sostienen café, concibiendo con la piel despierta el aplaudir de un espectador que se glorifica de alabanzas incesantes, reparando los complejos de una joven fea y morbosa.</p>
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		<title>Burdel</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Nov 2008 00:51:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cercablanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ovidio De León Peláez Sola, y triste, y loca. Suspira seguido. El sonido de su respiración se contrae para que pueda emitir el humo, claro está que se ha acogido entre las paredes blancas de la casa, en el sosiego, &#8230; <a href="http://cercablanca.wordpress.com/2008/11/17/burdel/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cercablanca.wordpress.com&amp;blog=5003300&amp;post=10&amp;subd=cercablanca&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:right;margin:0 0 10pt;">Ovidio De León Peláez</p>
<p style="text-align:justify;margin:0 0 10pt;">Sola, y triste, y loca. Suspira seguido. El sonido de su respiración se contrae para que pueda emitir el humo, claro está que se ha acogido entre las paredes blancas de la casa, en el sosiego, sola, en el litio de las depresiones ambivalentes; para cuando recuerde las drogas y los pensamientos ya se habrá marchado a otra ciudad, con otra identidad, con otro futuro y con otras carencias. Louisa escribe al revés. Louisa por fin estará en completa paz interna. “No hay borrador mental,” se repite, “mis pensamientos están injertados en mi maldito subconsciente y solo aparecen para joderme la vida. Resurgen cada vez que se evocan solos, la soledad, desnuda, sin ropas, completa, entera, lúcida, blanca, rodeada por espasmos de humo y de heroísmo imaginario, de tinieblas dolorosas que se impregnan en mi suéter, en mis uñas, en mi cabello. Puta madre.” Y cierra los ojos. Sus ojos cafés no merecen ver un atardecer morado, por más contemplable que este fuese. Solloza como perro sin dueño. Se toma tres minutos para llorar con completa libertad. Nadie la ve. Nada vale. Nadie la escucha. Esto aumenta la calidad de sus sollozos, los vuelve algo devastador y verdaderamente emocional, pero en fracciones se siente patético, los vuelve claros ejemplos de la inutilidad que sabe puede albergar con resplandeciente plenitud si es así como se lo propone en algún momento de lucidez. Se autodestruye. Se desgasta sus posibilidades y esperanzas y se cubre el rostro con las manos hasta que le sudan. Sus yemas se palpan de humedad, lamento, y después vomita. Se otorga cuatro minutos para hacerlo con calma y después se imagina su reflejo. Inventa una solución para la amalgama de situaciones y exploraciones turbulentas que ocurren y se reproducen en su cabeza, intermitentes, libertinas, jocosas y altruistas, para después poder actuar y ser feliz y burlarse de la amabilidad y de la casualidad de recordar lágrimas oscuras pero, siempre, auténticas. La verdad es que lucha aunque no sabe bien la causa, así que lucha por luchar; hace tiempo que obsequió, aunque con notable afabilidad, la antología de todas las sonrisas del mundo a algún hombre de cuyo nombre no queda mayor recuerdo que el número de sus silabas, de las tardes de café y de té cuando era niña, qué inocente pensar y jurar que algún día podría estar realmente así, sin nadie, alejada del universo de las hipocresías, compartiendo los panes tostados y las cajitas de mantequilla y las miradas con su propia suspensión de personalidades pasajeras. Qué dulce sentir el sabor a fresa en sus labios joviales, qué dulce encomendarle al viento la responsabilidad de pasarte los cubos de azúcar. Le gustaba pensar que era como una esponja de la sabiduría, el ruin imán de los detalles que conjuran algunos en su hablar cotidiano, para volverla sabia, pero sola, atenta pero al final, muda. “Olvídalo,” se dice, “olvídate de su cara, de sus manos, de su cuerpo detrás de ti, esperando a que voltees, a que te acuerdes que él también busca todo lo que tú ya digeriste y escupiste, esas y otras excusas más que terminen por volverte loca.” En un acto impulsivo y descoordinado, Louisa toma su cajetilla de cigarrillos y se va en un taxi, transeúnte forastero de un millar en las calles que acogen un sabor a traición culinaria, a deseo, a metal oxidado. Afortunadamente, Louisa está recluida en el auto, bajo la estela del humito mágico de sus cigarros. Se pone a considerar las alternativas que le ofrece la intersección de las avenidas. Llevada por la especulación intuitiva de las luces de noche y por la confianza de estar en manos de un auténtico conductor experto, Louisa llega a la estación de tren, donde se detiene, rendida, a cuestas del cansancio y de la burla, se detiene y se sale de la pena para otorgarse dos instantes de tranquilidad. Se ríe de si misma. Dos, tres, hasta siete veces. Le duele el motivo de sus carcajadas, en el estómago le pinta permisible la facultad de decidir morir en este momento único como pocos, de absoluto regocijo individual, ¿cuándo más podrá reír así? Hasta se siente en compañía complaciente, por favor, si escuchan atentamente podrán distinguir el eco de varias voces pequeñas, resonando con finito sus cierres de expresión en consecuentes aleluyas. Decide y opina que es más lícito buscar ayuda que rendirse ante el equivalente de más y más drogas. Se sorprende que aún quedan rastros cuerdos en su cerebro y, posiblemente, aunque de esto se habla y piensa poco, en su corazón. De ahora en adelante será distinta, será una estrella de candidatura popular, la madre de una nación impertinente de mujeres deprimidas y suicidas, será la líder que siempre soñó, el blanco perfecto de las rebeliones machistas y de las quejumbrosas tardes de jueves que terminan en una estación de trenes sin rumbo, donde ubicará en el buen camino, el malo perdido por todas aquellas que al huir olvidaron empacar la sensatez. Toma un tren, cualquiera. El destino no importa. El destino jamás será más que otro andén lleno de niños y sus madres. Se contradice porque en el momento en el que toma asiento dentro del tren, se vuelve fría y se cohíbe ante la traba de que hay, a pesar de todo, personas aquí, aunque un par de minutos antes, hubiese jurado que todo sería para bien, tomar cualquier asiento aislado y dormir, tomar asiento y dejar de ser Louisa por dos horas de tibieza azulina. Trata de cerrar los ojos. Sus esfuerzos son sobresalientes. Por poco lo logra. Si no fuera por la turbulencia abrupta del tren, o por el niño que se sienta frente a ella, ya se hubiera arrullado a la quimera eterna de, sí, al fin, morir frente a todo y frente a todos. Aunque es tarde para considerarlo, se considerará por razones obvias que no invalidan el estado mortecino de Louisa, que los niños son insensatos y que infausto es y será por siempre su descaro inherente infantil, contemplar a una mujer que expira en sobredosis, mirarla como si fuera objeto de atracción o distracción, un entretenimiento para pasajeros con destino a algún otro lugar en el charco. El pequeño no tiene más de nueve años, y posiblemente si tuviese diez contaría con el raciocinio acertado de concluirla moribunda, incluso etérea en su transición al novísimo y más efímero apagón. Pero el pequeño tiene apenas nueve. Las personas no mueren. Las personas solo viven. Terminaría con la demencia y con la temporalidad del engaño humano, que la mujer en verdad no quiere verlo, que prefiere morir, que prefiere que le de la espalda y la deje fallecer. Pero el pequeño, llamémosle Tomás, no entiende esa erupción de ensimismamientos faciales que formula la mujer para no perderlo de vista. Qué alegría le brindaría censurar los perfiles de la ineludible tragedia de Louisa, decirle al niño que la mujer simplemente tiene sueño y prefiere, ante todo, dormir en paz. El niño la mira como si fuera un pájaro muerto. Es sorprendente cuánto puede lograr la imaginación de un niño en un tren casi desertado, es sorprendente que su madre se ha perdido en un crucigrama. Louisa logra enaltecer una sonrisa gentil, esquiva por varias razones; el pequeño no puede interpretar tan fácilmente sus picardías implitas, no puede ver más que un intento de enunciar una emoción física que resulta mecánica y disfuncional, aunque podría bien ser genuina. Para él, Louisa es una mujer hermosa, cálida a sus cincuenta, de ojos pequeños, de rostro muy blanco, casi transparente, de manos fruncidas pero delgadas, trazadas por la aceptación de haber llegado al medio siglo, completa, surtida por las impaciencias de la edad mediana, misma edad que será su edad determinante y camino finito. Pero él no puede ver más allá de la sonrisa picarona, o de su melancolía física, misma que puede haber sido causada por varios motivos, tan aleatorios como diversos en sus razones. Louisa parece ser una mujer muy compleja. Para el niño, la mujer es como una figura materna quebradiza y a la vez fascinante, una nana que se ha puesto a reposar al final de un día ajetreado de tanto andar por los patios que, si Louisa verdaderamente lo pudiera ver, imaginaría vastos y abundantes en su selección floral, ya que el niño se ve un tanto pulcro y recatado, heredero de alguna futura tendencia de elitismo burgués. Lo que no puede faltar es que el niño en verdad se sienta identificado con la mujer, lo cual es tristemente cierto, razón que obliga al chiquillo a sostenerla de las manos y plantar sobre ellas un beso que, por más cálido, se sintió furtivo y salivado por vergüenza. Louisa deja de sonreír. Le clava la mirada y los ojos cafés oscuro se pausan en su cara inofensiva, le piden perdón y compasión, Dios sabe que esta pobre mujer está sola, le piden que la dejen cohibirse porque no está preparada para ello. Le piden también que le duplique el favor, que vaya por ayuda y que le perdone la vulgaridad de no haberse presentado, que en otra situación hubiesen sido amigos inseparables, que la rectifique de su inmoralidad y le exija no solo enseñar una fachada de ojos tristes y apagados pero hermosos, sino una verdadera representación de alguien que solía figurar un ideal de soledad por elección, ahora denunciado por el reajuste sonriente de ciertas carencias humanas que fueron tomando forma en el transcurso de medio siglo, mismas por las cuales Louisa ahora es un estorbo en el crecimiento del pequeño, por lo cual merece ser ignorada. No obstante, el niño, sometiendo las expectativas de lo comúnmente lógico, decide recostarse a su lado, su cuerpo erguido contra su espalda, recostado a su lado, ajustado a su cintura ancha y abrazándola a la vida. Louisa muere de inmediato. Pero frente a sus ojos y previo a su incorporación en el túnel transitado por difuntos novicios y sus pesares entendiblemente humanos, se muestran fragmentos de otro tipo de blanco. Las paredes que lo constituyeron todo, ahora se cierran sobre su cuerpo. No pudo llevarse más que el golpe contra su costilla, la fuerza impúber aplicada sobre su corporeidad indecisa, y una serie de quejidos de inexperiencia por parte de ambos, como entorpecidos por los pasos de un baile que alcanzaba el final apenas un minuto después de haber comenzado. “Qué inútil morir con otro, ¿qué sentido le encuentras a morirte abrazada por la inevitable inmadurez que siempre te tiró contra el suelo? ¿Qué sentido le encuentras a decirte importante cuando te hablas de noche mientras lloras y te dices que solo estás soñando?”.</p>
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