Escrito por Ovidio De León
En “Paris, Texas”, de Wim Wenders, es claro como todos los personajes existen en los demás y dentro de sí mismos, de manera que, a primera instancia, no sabemos la significación que tienen sobre el otro ni la profundidad de sus sentimientos. Cuando existen dentro de si mismos, solamente vemos sus intentos por recobrarse de la soledad, de la felicidad que el tiempo fue borrando, de cómo nuestra memoria, por voluntad, fue desvaneciendo todo aquello que, por dolor, nos fuimos empeñando en borrar. Esta es una gran película, una obra maestra de ejecución, de guión, de actuaciones y cinematografía. La banda sonora nos evoca una sensación de Western melancólico, tintado por la incertidumbre de los corazones rotos, donde la tristeza se convierte en esperanza, y donde la vida nos entrega la sorpresa de aquello que la vuelve impedecible.
Travis (Harry Dean Stanton) se ha perdido en el tiempo, en la memoria y en el desierto, en la aridez de los mismos días que pasan sin traerle nada nuevo a su hijo abandonado, Hunter, más que la honestidad y el cariño familiar de sus tíos, quienes lo han criado como a un hijo. Travis perdió los estribos, la razón y el sentido común. Está perdido.
El alcohol, los celos, el huir inventando excusas por no poder soportar el dolor de una mujer a la que nunca pudo comprender- eran ligeros traumas post-parto, una ausencia de celos que se transmitió más como indiferencia y no como un honesto manifiesto de soledad-, lo han ido marcando hasta volverlo mudo, un hombre que prefiere permanecer callado para no tener que formar parte de este mundo que abandonó. Por ende, vaga por su vida como un vagabundo solitario que, poco a poco, comienza a reincorporarse a la vida de Hunter. El daño inicial que causó sobre el niño es evidente. El rol de padres del hermano y cuñada de Travis poco a poco empieza a desvanecerse. Ellos se dan cuenta de esto. Incluso Travis, de manera sutil, sin hablar más que lo suficiente, comienza a exigir aquello que es suyo, en actos que demuestran afecto, interés, deseos de volver a aprehender lo que su ausencia dejo ir. No quiere cobrar memoria de quien llegó a ser y no quiere tampoco darse cuenta del daño que hizo, así que voluntariamente se seda, hasta que la misma añoranza recobra sus sentidos de pertenencia.
Hunter, Travis, y los tíos adoptivos, al ver un video que retrata hermosamente sus días felices junto con Jane, la esposa de Travis, caen en la cuenta de que es inevitable dar la espalda a la realidad -misma idea que luego se representa en forma literal-, y la vida que se abandonó recobra fuerza de una manera que es difícil anticipar. Hunter -en el tipo de pensamiento lógico para un niño de ocho años- se percata de que tiene “dos padres”, hace consciencia de quien es su verdadero padre cuando escucha la conversación de los adoptivos, y comienza a tratar de ganarse de vuelta al padre que lo abandonó. ¿Qué puede hacer un niño en esta situación, consciente del abandono de ambos padres, inconsciente de sus razones, destinos y justificaciones, para asirse de aquello que se dejó ir? Lo que hace Hunter es invitar a su padre entrar.
En un principio establece una distancia- como lo vemos en la escena en la que sale de la escuela y ambos caminan por un lado de la banqueta, imitando los pasos del otro- para provocar un acercamiento que, por más cerca que llegue, eventualmente establece una distancia inevitable. Poco a poco comienzan las conversaciones y las preguntas. Una de las mejores líneas entre padre e hijo involucra al pequeño preguntando a su padre, “¿se puede sentir la muerte de alguien?” Esta pregunta resume la sensación melancólica y nostálgica constante de un film que nos presenta una situación en la que los personajes viven, sienten, piensan y respiran la muerte de la felicidad y la muerte de si mismos, y su manera de actuar, pensar y sentir por el resto de la película está directamente hilada a la posibilidad de volver a recuperar la vida de la felicidad gravada en video y paulatinamente remembrada.
Cuando Travis y Hunter se reconocen de nuevo como padre e hijo, cuando se deja a un lado el rol de quienes han escogido el rol de padre y de madre, emprenden un viaje para recuperar a Jane, la madre, y poder vivir juntos en una parcela que Travis ha comprado en el pequeño poblado de Paris, Texas, lugar donde Travis supone fue concebido, lugar donde, tiempo después, el mismo Travis concibió la idea de volver a reunir a su familia.
Las escenas entre Travis y Jane, a quien encuentra trabajando en una casa de damas que se muestran en ventanillas privadas para satisfacer los deseos de sus clientes masculinos, se ven cargadas de una fuerza que se presenta sutilmente, donde los gestos y los silencios tienen la misma fuerza de los diálogos, donde ambos personajes expresan el por qué de su abandono, el por qué nunca pudieron verse y el por qué el miedo y el tiempo los consumió. Travis solía retarla para que lo viera, sin verla a ella, y Jane tenía deseos constantes de irse y se ha ido entrenando para olvidar el rostro de su hijo y no sufrir, y escucha en todos los hombres que la miran desnudarse la voz de su marido para calmar el dolor de saberse producto de una fantasía lasciva.
Separados por un vidrio, sometidos a la iluminación externa que los mantiene separados, escuchándose por un teléfono, ajenos al contacto, Travis y Jane no se pueden tocar. Ambos se abandonaron y abandonaron al otro. Ambos fueron abandonados. Ambos quieren recuperar aquello que, en algún punto, lo fue todo y por el hecho de ser ese todo, los llenó de angustia y temor. Ese algo es Hunter, el producto de quien se sabe olvidado por causas que todavía no podría comprender, las mismas causas de sus padres que ni siquiera ellos mismos comprenden.
El mayor manifiesto de amor de la película es cuando Travis entrega a su hijo a Jane, mirando desde lejos un reencuentro que toma lugar en un hotel. Quizás, aparte de amarlos a los dos, también fue cobardía. Quizás es porque se dio cuenta que el daño no podía repararse, y esa fue su manera de demostrar cuánto quiere la felicidad de los que ama. Ahora Travis vagará el mundo con distintos ojos, consciente de que ha escrito en la vida de su esposa y su hijo un final feliz del que ya no puede formar parte. Consciente de que ahora, mínimo, su andar tendrá voz y memoria.

