Ovidio De León Peláez
Sola, y triste, y loca. Suspira seguido. El sonido de su respiración se contrae para que pueda emitir el humo, claro está que se ha acogido entre las paredes blancas de la casa, en el sosiego, sola, en el litio de las depresiones ambivalentes; para cuando recuerde las drogas y los pensamientos ya se habrá marchado a otra ciudad, con otra identidad, con otro futuro y con otras carencias. Louisa escribe al revés. Louisa por fin estará en completa paz interna. “No hay borrador mental,” se repite, “mis pensamientos están injertados en mi maldito subconsciente y solo aparecen para joderme la vida. Resurgen cada vez que se evocan solos, la soledad, desnuda, sin ropas, completa, entera, lúcida, blanca, rodeada por espasmos de humo y de heroísmo imaginario, de tinieblas dolorosas que se impregnan en mi suéter, en mis uñas, en mi cabello. Puta madre.” Y cierra los ojos. Sus ojos cafés no merecen ver un atardecer morado, por más contemplable que este fuese. Solloza como perro sin dueño. Se toma tres minutos para llorar con completa libertad. Nadie la ve. Nada vale. Nadie la escucha. Esto aumenta la calidad de sus sollozos, los vuelve algo devastador y verdaderamente emocional, pero en fracciones se siente patético, los vuelve claros ejemplos de la inutilidad que sabe puede albergar con resplandeciente plenitud si es así como se lo propone en algún momento de lucidez. Se autodestruye. Se desgasta sus posibilidades y esperanzas y se cubre el rostro con las manos hasta que le sudan. Sus yemas se palpan de humedad, lamento, y después vomita. Se otorga cuatro minutos para hacerlo con calma y después se imagina su reflejo. Inventa una solución para la amalgama de situaciones y exploraciones turbulentas que ocurren y se reproducen en su cabeza, intermitentes, libertinas, jocosas y altruistas, para después poder actuar y ser feliz y burlarse de la amabilidad y de la casualidad de recordar lágrimas oscuras pero, siempre, auténticas. La verdad es que lucha aunque no sabe bien la causa, así que lucha por luchar; hace tiempo que obsequió, aunque con notable afabilidad, la antología de todas las sonrisas del mundo a algún hombre de cuyo nombre no queda mayor recuerdo que el número de sus silabas, de las tardes de café y de té cuando era niña, qué inocente pensar y jurar que algún día podría estar realmente así, sin nadie, alejada del universo de las hipocresías, compartiendo los panes tostados y las cajitas de mantequilla y las miradas con su propia suspensión de personalidades pasajeras. Qué dulce sentir el sabor a fresa en sus labios joviales, qué dulce encomendarle al viento la responsabilidad de pasarte los cubos de azúcar. Le gustaba pensar que era como una esponja de la sabiduría, el ruin imán de los detalles que conjuran algunos en su hablar cotidiano, para volverla sabia, pero sola, atenta pero al final, muda. “Olvídalo,” se dice, “olvídate de su cara, de sus manos, de su cuerpo detrás de ti, esperando a que voltees, a que te acuerdes que él también busca todo lo que tú ya digeriste y escupiste, esas y otras excusas más que terminen por volverte loca.” En un acto impulsivo y descoordinado, Louisa toma su cajetilla de cigarrillos y se va en un taxi, transeúnte forastero de un millar en las calles que acogen un sabor a traición culinaria, a deseo, a metal oxidado. Afortunadamente, Louisa está recluida en el auto, bajo la estela del humito mágico de sus cigarros. Se pone a considerar las alternativas que le ofrece la intersección de las avenidas. Llevada por la especulación intuitiva de las luces de noche y por la confianza de estar en manos de un auténtico conductor experto, Louisa llega a la estación de tren, donde se detiene, rendida, a cuestas del cansancio y de la burla, se detiene y se sale de la pena para otorgarse dos instantes de tranquilidad. Se ríe de si misma. Dos, tres, hasta siete veces. Le duele el motivo de sus carcajadas, en el estómago le pinta permisible la facultad de decidir morir en este momento único como pocos, de absoluto regocijo individual, ¿cuándo más podrá reír así? Hasta se siente en compañía complaciente, por favor, si escuchan atentamente podrán distinguir el eco de varias voces pequeñas, resonando con finito sus cierres de expresión en consecuentes aleluyas. Decide y opina que es más lícito buscar ayuda que rendirse ante el equivalente de más y más drogas. Se sorprende que aún quedan rastros cuerdos en su cerebro y, posiblemente, aunque de esto se habla y piensa poco, en su corazón. De ahora en adelante será distinta, será una estrella de candidatura popular, la madre de una nación impertinente de mujeres deprimidas y suicidas, será la líder que siempre soñó, el blanco perfecto de las rebeliones machistas y de las quejumbrosas tardes de jueves que terminan en una estación de trenes sin rumbo, donde ubicará en el buen camino, el malo perdido por todas aquellas que al huir olvidaron empacar la sensatez. Toma un tren, cualquiera. El destino no importa. El destino jamás será más que otro andén lleno de niños y sus madres. Se contradice porque en el momento en el que toma asiento dentro del tren, se vuelve fría y se cohíbe ante la traba de que hay, a pesar de todo, personas aquí, aunque un par de minutos antes, hubiese jurado que todo sería para bien, tomar cualquier asiento aislado y dormir, tomar asiento y dejar de ser Louisa por dos horas de tibieza azulina. Trata de cerrar los ojos. Sus esfuerzos son sobresalientes. Por poco lo logra. Si no fuera por la turbulencia abrupta del tren, o por el niño que se sienta frente a ella, ya se hubiera arrullado a la quimera eterna de, sí, al fin, morir frente a todo y frente a todos. Aunque es tarde para considerarlo, se considerará por razones obvias que no invalidan el estado mortecino de Louisa, que los niños son insensatos y que infausto es y será por siempre su descaro inherente infantil, contemplar a una mujer que expira en sobredosis, mirarla como si fuera objeto de atracción o distracción, un entretenimiento para pasajeros con destino a algún otro lugar en el charco. El pequeño no tiene más de nueve años, y posiblemente si tuviese diez contaría con el raciocinio acertado de concluirla moribunda, incluso etérea en su transición al novísimo y más efímero apagón. Pero el pequeño tiene apenas nueve. Las personas no mueren. Las personas solo viven. Terminaría con la demencia y con la temporalidad del engaño humano, que la mujer en verdad no quiere verlo, que prefiere morir, que prefiere que le de la espalda y la deje fallecer. Pero el pequeño, llamémosle Tomás, no entiende esa erupción de ensimismamientos faciales que formula la mujer para no perderlo de vista. Qué alegría le brindaría censurar los perfiles de la ineludible tragedia de Louisa, decirle al niño que la mujer simplemente tiene sueño y prefiere, ante todo, dormir en paz. El niño la mira como si fuera un pájaro muerto. Es sorprendente cuánto puede lograr la imaginación de un niño en un tren casi desertado, es sorprendente que su madre se ha perdido en un crucigrama. Louisa logra enaltecer una sonrisa gentil, esquiva por varias razones; el pequeño no puede interpretar tan fácilmente sus picardías implitas, no puede ver más que un intento de enunciar una emoción física que resulta mecánica y disfuncional, aunque podría bien ser genuina. Para él, Louisa es una mujer hermosa, cálida a sus cincuenta, de ojos pequeños, de rostro muy blanco, casi transparente, de manos fruncidas pero delgadas, trazadas por la aceptación de haber llegado al medio siglo, completa, surtida por las impaciencias de la edad mediana, misma edad que será su edad determinante y camino finito. Pero él no puede ver más allá de la sonrisa picarona, o de su melancolía física, misma que puede haber sido causada por varios motivos, tan aleatorios como diversos en sus razones. Louisa parece ser una mujer muy compleja. Para el niño, la mujer es como una figura materna quebradiza y a la vez fascinante, una nana que se ha puesto a reposar al final de un día ajetreado de tanto andar por los patios que, si Louisa verdaderamente lo pudiera ver, imaginaría vastos y abundantes en su selección floral, ya que el niño se ve un tanto pulcro y recatado, heredero de alguna futura tendencia de elitismo burgués. Lo que no puede faltar es que el niño en verdad se sienta identificado con la mujer, lo cual es tristemente cierto, razón que obliga al chiquillo a sostenerla de las manos y plantar sobre ellas un beso que, por más cálido, se sintió furtivo y salivado por vergüenza. Louisa deja de sonreír. Le clava la mirada y los ojos cafés oscuro se pausan en su cara inofensiva, le piden perdón y compasión, Dios sabe que esta pobre mujer está sola, le piden que la dejen cohibirse porque no está preparada para ello. Le piden también que le duplique el favor, que vaya por ayuda y que le perdone la vulgaridad de no haberse presentado, que en otra situación hubiesen sido amigos inseparables, que la rectifique de su inmoralidad y le exija no solo enseñar una fachada de ojos tristes y apagados pero hermosos, sino una verdadera representación de alguien que solía figurar un ideal de soledad por elección, ahora denunciado por el reajuste sonriente de ciertas carencias humanas que fueron tomando forma en el transcurso de medio siglo, mismas por las cuales Louisa ahora es un estorbo en el crecimiento del pequeño, por lo cual merece ser ignorada. No obstante, el niño, sometiendo las expectativas de lo comúnmente lógico, decide recostarse a su lado, su cuerpo erguido contra su espalda, recostado a su lado, ajustado a su cintura ancha y abrazándola a la vida. Louisa muere de inmediato. Pero frente a sus ojos y previo a su incorporación en el túnel transitado por difuntos novicios y sus pesares entendiblemente humanos, se muestran fragmentos de otro tipo de blanco. Las paredes que lo constituyeron todo, ahora se cierran sobre su cuerpo. No pudo llevarse más que el golpe contra su costilla, la fuerza impúber aplicada sobre su corporeidad indecisa, y una serie de quejidos de inexperiencia por parte de ambos, como entorpecidos por los pasos de un baile que alcanzaba el final apenas un minuto después de haber comenzado. “Qué inútil morir con otro, ¿qué sentido le encuentras a morirte abrazada por la inevitable inmadurez que siempre te tiró contra el suelo? ¿Qué sentido le encuentras a decirte importante cuando te hablas de noche mientras lloras y te dices que solo estás soñando?”.
