Ovidio de León Peláez.

Ahora respiro de incomodidad y me despierto de un sueño pasivo, ordinario, me levanto para cepillarme los dientes amarillentos y al hacerlo noto como mi reflejo maldice mi dentadura insignificante, mi aliento se atormenta a si mismo, mis piernas se aceleran y me piden que me apure, que ya es tarde, otro día más para escribir algo en las arenas de frenesí público en donde reside mi oficina de trabajo, que por elección personal ha conformado la esencia de mis sueños juveniles, que puedo prescindir sin un sueldo, que mi imaginación y mi entereza tienen voz propia y deciden por mi, que un par de cigarrillos, tres cafés oscuros y una mente lúcida bastarán para tipear mi obra maestra.
Soy una persona que se ocupa en un café reconocido, redactando la ficción de sus torpezas y genialidades, un simple hacedor bohemio que reúne los argumentos viables con artimañas surreales y de aquí se hiere y se crítica, con aires objetivos que, al encorvar un poco la espalda y cimentar sus dedos pulgar e índice a la barbilla, mueve la cabeza asintiendo de vez en cuando, alzando las cejas cada que otro minuto. Soy objetivo, se repite este personaje ejemplar, soy objetivo.
Llego temprano. Para eso el lugar está casi vacío. Solos Teresa—que es joven y virtuosamente fea— y yo, como siempre, alrededor de las diez y media. Me atiende de inmediato. Aunque sabe lo que voy a pedir, me recibe de la misma forma de siempre, con esa cortesía obligada que desde un principio la imanta a mi presencia tristemente avergonzada, como si de nuevo me hubiese topado con otra mañana sin nada mejor que hacer que sentarme en un café, dando la casualidad que de nuevo cuento con mi cuaderno de notas, con una pluma y con mi computador inalámbrico a la mano.
Su cara es escuálida, triste, patética, el complejo de sus barros es el aliciente perfecto para estimular el apetito. Hago una mueca y le señalo en el menú lo que deseo ordenar. Teresa ya lo sabe. Es café, negro, mismo que resplandece en la carátula de la carta. Sin azúcar. Teresa tiene la elección de sonreírme pero esta vez opta por proseguir sin ello, ya que es demasiado probable que haya notado cierta ironía en mis gestos repelentes, como si le hiriera la intención de mis amarguras. No podría importarme menos.
En lo que se marcha por el café, descubro en el periódico un gozo forzosamente ajeno a lo usual. He evitado los diarios toda mi vida aunque los leo, hojeando tristemente de encabezado a encabezado, poniendo mi dedo en conceptos que no puedo descifrar. Algunas veces divaga mi impaciencia entre los versos manufacturados de los cronistas locales, porque la producción masiva de sus palabras se pierde entre mis inquietudes y vergüenzas, entre los segundos de descanso y los que faltan por venir.
Si este artículo revelara imágenes un poco menos gráficas, su intención se vería enaltecida por un silencioso periodismo raramente maduro que me apresaría, haciendo de mi mañana una serie de instantes imborrables que perdurarían en mi mente através de las horas siguientes, calificando el gesto de Arturo López Cuadra—reconocido periodista local— como un notable esfuerzo por que penda de mis labios esa sonrisita orgullosa que eriza mi cuero las veces que repaso la intención detrás de ese par de fotografías sobrias y discretas, la represión roja en su esplendor edificante que yo presencié.
En eso llega ella.
Sus dedos alargados contradicen su figura curveada, detonada por las imposibilidades de su raza, laureada por los inconvencionales que suelen admirar ese tipo de cosas, la figura real, el cuerpo verdaderamente humano, todo aquello que justifique su excepcionalidad como periodistas y expertos de la industria, que los hace únicos y trágicos. La gente no quiere ver los cuerpos hambrientos. En ocasiones prefieren algo verosímil. Ellos no son superficiales, y nadie espera que lo sean. Alguno que otro lector afortunado recibe en la próxima reseña, un cercado de imágenes ejemplares que redacten una nueva sorpresa: las actrices ahora son mujeres con figuras ensanchadas pero no del todo grandes, son mujeres como tú, como tu madre, como tu hermana y como tus amigas, son mujeres que desmiembran los estereotipos generales, son mujeres hermosas también, porque de nada sirve que sean flacas y tontas, ahora los papeles son de mujeres reales, serias, audaces, astutas, chingonas, eficaces, completamente y absolutamente brillantes.
Pero ella es única. Se sienta dos meses a mi derecha en perfecta soledad, satisfecha con la discreción del lugar. Trae un libro. Lo coloca sobre su mesilla redonda, sienta sus manos sobre el grosor de su pasta. Me gustaría poder acercarme, pero suelo estremecerme con la cercanía y la proximidad de las auras glorificadas, en especial tratándose de ella. Jamás pensé que estaría tan cerca de mí, se me figuraba una mujer etérea, un ente metafísico, un holograma que por azares del destino se ha cruzado en el camino de una persona completamente ordinaria—como en alguno de los guiones que se escriben sobre su estatura actoral, mismos que he tratado de imitar— que se ha sentado a tomar un café consigo mismo en este punto crucial del centro de la ciudad, viendo a las palomas merodear en círculos desparramados a fuera del cristal que ahora encierra a tres personas, agazapados al concepto de migajas.
Solía verla en los grandes afiches, o en alguna entrega de premios, espléndida de verde pálido, de blanco, de guinda, su dentadura ejemplar pero rubia, su cabello dorado también, su modestia intimidante y hasta cierto punto reprimida. ¡Dios mío, qué belleza! Ella es especial. Ella baila bajo la luna nueva mientras tantos auteurs la dirigen con promesas de estatuillas doradas, y redacta los parlamentos más maravillosos, sus pasos siempre adelante del mundo, marcando un compás distinguido por su connotación imprescindible de que en verdad es una como las hay pocas. Cuando sonríe tiene gestos que superan lo ordinario, forzando a mi cabeza a hacer redadas con la idealización de una persona por fin dispareja, burdamente profunda, increíble y preciosa.
Pide un té de manzanilla. Lo hace con una voz que aplaca el frenesí interno que definirá mi condición mental en unos días, para solo perforarlo en una máxima sensación de bonanza astral. Hago un esfuerzo mayor por escuchar la manera en la que se dirige a Teresa, quien de seguro se ha olvidado que estoy aquí y que he pedido un café. Sospecho que seré segundo en recibir mi pedido. Por ahora no me importa. Ésta diosa del proyector ha descompuesto la tranquilidad rutinaria de dos personas que, sentadas con tanta cercanía una de la otra, son unidas por la sorpresa y el destino, perturbando la nitidez de los pensamientos de uno de ellos como un ruido impávido, chillón.
Teresa se marcha campante a preparar su té de manzanilla. Como lo había sospechado, mi triste taza de café oscuro, renegada a medias, se mantiene tras el mostrador, desamparada, pendiente. La actriz se queda sola finalmente, repasa con sus dedos las páginas del libro hasta llegar a donde marca la fotografía que le es útil como separador, tramo que ahora estudia con deleite eufórico pero dudoso. De la nada, la actriz despliega su mirada en ascenso hasta observarme y rápido volteo los ojos hasta detenerme sobre la mesera, cuyo nombre acabo de olvidar.
Me toma diez segundos contados para transferir mis ojos de nuevo hasta mis manos trenzadas y sudorosas—tramo que presencio con recelo y que es terriblemente largo—, y otros cinco para regresar a catear a la actriz, que, para mi sorpresa infantil, ha congelado su mirada sobre mí, mientras su boca perfila una sonrisa que, por más irónica, me resulta encantadora e invitante. Sonrío como de costumbre, sumiso, atractivo, uno podría apostar la vida que le resulto igual de encantador; nuestros dientes rubios comparten la dependencia de cómplices fugados y embelesados por sus ataduras y risitas aficionadas. Es innegable que compartimos un vínculo superior a los personajes que ha encarnado la actriz en más de una ocasión, donde los protagónicos se abrazan a su suerte en una serie de besos que, impetuosos y carnales, rompen todos los esquemas del orden que han establecido en roles anteriores los artistas que vislumbran la pantalla de plata, erutados del séptimo arte pero nacidos en las telenovelas, pasmados y a punto de envolverse en el acto sexual.
La actriz, obviando su interés en mí, saluda con la mano, que ondea sobre el aire por segundos para detenerse sobre las páginas del libro, ahora desnudo. Mi encuadre perfecto es destrozado en el momento en el que la mesera reaparece, piloteando la turbulenta taza de té hasta aterrizarla sobre la mesa de la actriz, que sonríe sin alejar su mirada de mí. La mesera voltea a verme, curiosa de notar algo extraño en mí qué haya captado la atención de la actriz de esa mesera, estudiando mi rostro, mi torso y lo que se pueda ver de mis muslos figurados bajo la mezclilla.
Puedo ver como la actriz se sonroja, como asciende despacio de su silla para moverse en torno a mí, refinada, fascinante en la composición de su sexualidad afable, ladeando sus caderas para llegar a su destino único en menos de lo que ambos predecimos, inclinándose para reposar sus labios cansados sobre mi boca pasiva, lamiéndolos de entrada, mordiéndolos en el acto subsiguiente, penetrando mi entereza con su lengua curiosa para siempre.
Dejo que mis manos ansiosas se mueran en su pelo, que mis piernas se acerquen al ardor de las suyas descubiertas, llevan tiempo sin ser depiladas pero mis vaqueros no lo sienten , de nuevo mis manos ansiosas se tornan completamente inútiles pero instintivas, sintiéndose eficaces y abruptas, secuaces de las suyas que por el momento reverberan mi estómago esculpido por las multivitaminas y los pesos pesados del ayer y del mañana, el fuerte gravamen de mi masculinidad poco a poco se torna macizo, trabado entre mis ropas interiores y mis pantalones, buscando desesperado la salida de este claustro sofocante.
Como leyendo mis pensamientos, la actriz me rompe las prendas, o mejor aún, las despoja de mí—que cautelosas pueden ser a veces— como si nada más importara que el tumulto de nuestras hormonas. Nos olvidamos por completo de la mesera, hasta que escucho pequeños gemidos que denotan una incomodidad muy fuera de lugar, ¿qué no puede ver lo que está sucediendo? ¿No puede dejar de quejarse y por una maldita vez disfrutar lo que se ve? Debo suponer que frente a ella, la compleja purificación de dos cuerpos unificados figura un usufructo corporal que debe ser intimidante y hasta blasfemo, Dios me perdone. La nostalgia que debe sentir la infortunada, el recelo que ha de causar en esta pobre mesera, la contemplación de una puesta en escena que terriblemente asemeja la realidad de algo que en ella nunca fue, jamás despertado el volcán de los primores que en sueños sacudieron su irremediable mortandad. En cambio, nosotros somos dioses, dos actores del nuevo mundo, del teatro sin reglas, de la casualidad sin pudores, de las riquezas que han trabado las palabras que jamás han de salir y que nunca deberían de plantearse en nuestras mentes, no son necesarias, como dos perfectos idiotas que han purgado todas sus faltas para volverlas a sufrir en el minuto en el que pisan el cielo y explotan en el embelesamiento corporal, fatalmente incursionando las asperezas de lo irrevocablemente cierto.
Al escuchar que el mundo nos aplaude, avergonzados como un pobre autor y su triste musa, títeres de una industria que nos ha desnudado como estereotipos que encasillan nuestras posibilidades afectivas, permanecemos aquí por un rato, nuestros cuerpos dilatados uno solo, torpes en la mesa que el ayer y el futuro sostienen café, concibiendo con la piel despierta el aplaudir de un espectador que se glorifica de alabanzas incesantes, reparando los complejos de una joven fea y morbosa.